Viaje de estudios a Londres

Sábado 31 de enero, once y media de la noche, emprendemos entre risas e ilusión nuestro viaje al aeropuerto de Barcelona. Llegamos a Londres el domingo por la mañana y comenzó nuestro Sightseeing Tour: London Eye, Big Ben, Houses of Parliament, Piccadilly Circus… con sus correspondientes paradas para hacernos mil fotos. 

Al día siguiente, nuestro guía, Mario, nos descubrió la magia de los rincones más emblemáticos: Buckingham Palace, Downing Street, St James Park y Trafalgar Square. También nos contó la historia de Enrique VIII y su afición por decapitar a sus mujeres y enemigos. Tras una breve travesía en barco llegamos a la Torre de Londres, palacio real, prisión y el lugar donde se ejecutaron a cientos de personas por orden del rey Enrique, entre ellas su esposa Ana Bolena. Ahí  pudimos apreciar las joyas de la corona, cómo era un palacio medieval y contemplamos armaduras y uniformes históricos. Pero el día no acabó ahí, nos esperaba lo mejor: poder divisar la ciudad desde las alturas. Las vistas desde la terraza de uno de los rascacielos más altos de la ciudad no dejó indiferente a nadie. La ciudad parecía diminuta, el mundo estaba a nuestros pies. 

Llegó el martes y con él uno de los planes más esperados: Camden Town, el barrio más alternativo de la ciudad. Después de unas cuantas compras y de comer en uno de sus típicos iglús, emprendimos la marcha hacia South Kensington; ahí nos esperaban los miles de fósiles del Museo de Historia Natural. Pero todavía nos quedaba lo mejor del viaje; una cena rápida y camino al teatro. La música de ABBA inundaba el ambiente  y con los primeros acordes, nos emocionamos. Y aunque el cansancio era evidente, todavía nos quedaban fuerzas para bailar temazos. ¿Quién se puede resistir al ritmo de  Dancing Queen, Mamma Mia o Waterloo?

Miércoles; último día. Había que exprimir al máximo las horas que nos quedaban en Londres; además, la meteorología estaba de nuestra parte y por fin vimos el sol. Visita al British Museum y un último vistazo a la ciudad, incluso nos animamos a marcarnos unos bailes en la famosa juguetería Hamleys. Eso sí que es terminar el viaje dándolo todo. 

La hora del té nos sorprendió cogiendo el autobús de vuelta. Una hora de autobús, dos horas más de vuelo y por fin llegamos a Barcelona. Todavía nos quedaban tres horas y media de trayecto, pero ya nos sentíamos en casa. Las risas se fueron apagando y el sueño nos iba venciendo uno a uno. En nuestros sueños se agolpaban los recuerdos del viaje más emocionante que hayamos hecho hasta el momento.